A finales del invierno y principios de la primavera, el comportamiento de la perdiz roja (*Alectoris rufa*) sufre una transformación radical. El bando que ha permanecido unido durante los meses fríos para protegerse frente a rapaces y terrestres comienza a fracturarse.
En la zona de Huéneja y en las faldas de Sierra Nevada, este proceso arranca en cuanto el fotoperiodo se alarga de forma constante. La luz estimula la hipófisis de las aves, disparando los niveles hormonales: los machos aumentan la vascularización del anillo ocular —que vira a un rojo carmesí brillante— y la tolerancia entre ellos desaparece por completo.
1. La disolución del bando y las disputas de linde
El primer síntoma de celo no es la cópula, sino la territorialidad. Los machos más fuertes y veteranos toman puntos elevados —linderos de piedra, ribazos o majanos— para lanzar sus cantos de desafío. Si otro macho invade ese perímetro invisible, se suceden carreras con el cuello estirado y la cabeza baja, exhibiendo los flancos listados para intimidar al rival.
Estas peleas rara vez son mortales en libertad, pero determinan qué machos afianzan territorio y atraen a las hembras. Quien comprende esta tensión territorial comprende el principio exacto en el que se apoya la modalidad tradicional del macho de reclamo: un pájaro en su jaula recrea en el coto ese mismo reto de dominancia que la perdiz del campo no tolera en su querencia.
2. La elección del nido: cobijo frente a depredadores
Una vez consolidada la pareja, la hembra asume el papel protagonista en la búsqueda del enclave de nidificación. El nido de la perdiz roja es austero: una pequeña depresión escarbada en el suelo, guarnecida con briznas de hierba seca, hojas de encina o esparto.
Sin embargo, la elección del punto exacto es matemática:
- Cobertura lateral y superior: Suelen situarse al pie de matas de romero, tomillo, aulaga o retama que impidan la detección visual desde el aire por aguiluchos y azores.
- Vía rápida de escape: Evitan rincones ciegos. La perdiz necesita poder salir peonando a toda prisa si un zorro o culebra se aproxima rastreando.
- Drenaje natural: Eligen laderas suaves o zonas pedregosas para evitar que una tormenta primaveral encharque la puesta.
3. La puesta y el fenómeno de la doble nidada
La puesta media oscila entre 10 y 16 huevos, de color blanco amarillento salpicados de motas rojizas. La hembra deposita un huevo cada 24 o 36 horas. Durante este periodo no incuba de inmediato; los cubre con vegetación para ocultarlos mientras continúa forrajeando junto al macho.
Uno de los aspectos biológicos más fascinantes de *Alectoris rufa* es la posibilidad de la doble nidada en primaveras favorables: la hembra pone una primera tanda que incuba el macho en exclusiva, y una segunda puesta que incuba ella en otro nido cercano. Esta estrategia duplica la descendencia en años con buena pluviometría y abundancia de semillas.
La incubación dura exactamente entre 23 y 24 días. Cuando eclosionan, los perdigones son nidífugos: en menos de dos horas ya siguen a los progenitores en busca de los primeros insectos.
Tanto en la gestión de cotos como en la cría zootécnica de pureza en Perdices Tavi, respetar estos tiempos biológicos es lo que marca la diferencia entre aves rústicas y animales desnaturalizados. Entender el celo salvaje es la única forma de seleccionar aves que mantengan su casta.